EN BUSCA DE LA ESENCIA DE LA FARMACIA

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Gastelurrutia o el farmacéutico ideal del futuro. (Correo Farmacéutico)

Es difícil encontrar un artículo en el que, en unos pocos párrafos, se describa con precisión el momento actual de una profesión, con sus dudas y posibilidades ante el siempre inquietante futuro. El farmacéutico Miguel Ángel Gastelurrutia lo ha hecho posible con ¿Qué es innovar en la farmacia?, un original de largo recorrido, al que será necesario volver en más de una ocasión para entender en unos pocos minutos lo que le pasa a la botica, por qué le pasa y qué es lo que tiene que hacer para mejorar su alcance en la sanidad y, por extensión, en la sociedad. El texto empieza con la expresión Érase una vez, más propia de cuentos que de columnas periodísticas. Y es que, en verdad, la farmacia parece estar protagonizando una ficción que arranca hace mucho, mucho tiempo, y que el presente no ha hecho sino empeorar hasta convertir en preocupante realidad.

Gastelurrutia aprovecha con notable tino la tribuna que le brinda Correo Farmacéutico para, a partir de un concepto de moda en la sanidad (innovación), realizar un certero retrato de una profesión que no encuentra su lugar en el mundo. En primer lugar, el farmacéutico se siente insatisfecho, como tantos otros profesionales de muchos otros ámbitos productivos. Pero además, y eso es lo que le diferencia, se siente infrautilizado. Sobre todo, al asumir que su cometido ya no es tanto el medicamento como el enfermo: “Hay que pasar del producto al paciente y hay que implantar nuevos servicios dirigidos al usuario”. Sin embargo, este propósito no tiene correspondencia con la realidad. No sólo porque la autoridad sanitaria, en libre interpretación de lo que pide la sociedad, no le está demandando a la farmacia este giro copernicano. Es que además, según observa Gastelurrutia, el farmacéutico sigue centrado en el producto, que ya no es solo el medicamento.

Surgen así esas propuestas, aparentemente innovadoras, que tratan de incrementar las posibilidades de la farmacia porque “el medicamento va solo” y, claro está, no parece suficiente. Los nombres de esas actividades son tan diversos como poco relacionados con el conocimiento del farmacéutico y, en realidad, para lo único que parecen servir es para ayudar a vender más. Si es que ayudan. Frente a esta realidad, surge la evidencia del seguimiento farmacoterapéutico como una disciplina que el profesional puede implementar y hacer valer ante la Administración y la sociedad. Así lo creen los representantes de la Farmacia, desde los colegios a las sociedades científicas. Pero, como subraya Gastelurrutia, “la gran mayoría de farmacéuticos en su día a día siguen el proceso en sentido contrario”: más productos y más (intentos de) ventas. Y de la farmacia asistencial, sin noticias.

“Centrar todos los esfuerzos de la farmacia en los productos (es) algo que como profesión universitaria no tiene futuro”. Pero, al no existir una alternativa económica, los farmacéuticos terminan solo pensando en el producto y la venta, aunque esto sea el camino más directo a su degradación, y quién sabe si desaparición, como agente indispensable de salud. “Es urgente que los dirigentes profesionales tengan como primera prioridad la consecución de la remuneración de servicios”. La clara petición de Gastelurrutia busca romper “esta espiral orientada al producto para que podamos acercarnos a la esencia de la farmacia comunitaria, que no es otra que realizar una actividad clínica pensando en los pacientes”.

Así está la farmacia hoy y cabría preguntarse por qué no está de otro modo. Es decir, ¿por qué las administraciones sanitarias no reconocen la valía del farmacéutico y deciden retribuir su actividad, específicamente la que vaya dirigida a prestar un servicio al paciente? Acaso los políticos no comparten la imagen que los farmacéuticos tienen de sí mismos y, sobre todo, de sus capacidades no suficientemente aprovechadas. Puede que piensen que hay otros profesionales que también se sienten desaprovechados y no por ello terminan por elevar su alcance en el sistema. Quizá al sistema, en el fondo, le sea suficiente disponer de un farmacéutico tal y como ha sido siempre: centrado en el medicamento, que va solo, y en su botica. Pero hay farmacéuticos que no quieren seguir contribuyendo a esta inercia perniciosa. Y quieren transformar por completo su imagen. Falta saber si sus compañeros les seguirán y si (lo más importante) la Administración dará el visto bueno.

 

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