SÁNCHEZ MARTOS: AL FINAL DE LA INCURSIÓN

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Sánchez Martos, otro político sin tiempo para cambiar la Sanidad madrileña. (Comunidad de Madrid)

La incursión de Jesús Sánchez Martos en la política y la gestión sanitarias ha terminado seguramente pronto, sin tiempo suficiente para ver concluidos muchos de sus proyectos. Su experiencia ha sido por lo tanto breve, esporádica, casi una anécdota en su trayectoria nunca ocultada de divulgador y comunicador sanitario. Cabe pensar si merecía la pena embarcarse en un viaje tan corto e imprevisible, con una expectativa de cambio tan elevada, que a la postre parece dejar más sensación de frustración que de misión cumplida. Pero, siendo posibilistas, media legislatura da para ciertos avances, alguna que otra metedura de pata y una conclusión que trasciende su propia peripecia: no es fácil ser consejero de Sanidad, para nadie. Y en la Comunidad de Madrid, menos que en ninguna parte.

Con una mediática y algo pedante presentación sostenida en tres haches –humildad, honestidad y humanización-, Sánchez Martos llegó a la Consejería madrileña entre el desdén de no pocos agentes del sector que negaron el pan y la sal a quien no parecía reunir las condiciones necesarias para asumir tan alta responsabilidad. El nuevo consejero tuvo la valentía de no disimular sus orígenes ni su trayectoria, más vinculada al micrófono que al dispongo; y marcó así una saludable distancia con sus inmediatos antecesores, los más grises y, a la postre, aún más breves Rodríguez y Maldonado. Parecía evidente que la presidenta Cifuentes quería una cara amable en la Sanidad madrileña, alguien que recordara a un buen consejo saludable mejor que a un incierto proyecto de privatización sanitaria.

Pero dirigir y gestionar la Sanidad no empieza –ni termina- en saber mantener el cuerpo a cuerpo con los periodistas o en no tener ni pizca de miedo escénico. Y a Sánchez Martos se le empezaron a abrir los lógicos frentes de un sistema cuyos sempiternos problemas vuelven y vuelven hasta repetirse: especialmente el de los médicos, con la aplicación de la jornada laboral y la carrera profesional como puntos de notable conflicto.

Con todo, el panorama parece ahora bastante despejado en temas que no hace mucho generaban una honda controversia: nadie duda ya de que en Madrid, la sanidad es pública y bien pública, sin un solo atisbo de colaboración ordenada para la privada ni, por supuesto, ninguna propuesta para aplicar nuevas fórmulas de gestión, que se han acabado para unos cuantos años con el fin de las empresas públicas y su incorporación al Servicio Madrileño de Salud. Y también es cierto que en la nueva ola que está elevando el alcance de la humanización como disciplina importante en el Sistema Nacional de Salud, la contribución de Madrid y de Sánchez Martos ha sido fundamental.

Quizá la anécdota se ha impuesto en ocasiones a las buenas intenciones de Sánchez Martos y un titular desafortunado ha parecido pesar más que sus intentos por mejorar capítulos tan delicados como la Farmacia o la profesionalización de los gerentes, cuyos colectivos más directamente afectados han reconocido los avances alcanzados en estas materias. Pero la crítica ha perseguido al ya exconsejero, reprobado por la Asamblea regional, seguramente muy en paralelo a la propia dinámica política madrileña, nada apacible. Esa mala valoración de algunos ámbitos ha terminado por afianzarse al conocerse su nuevo destino profesional, tan solo horas después de abandonar el Gobierno regional.

Una incursión tan inopinada invita a reflexionar, otra vez, sobre el mejor perfil que deberían tener los consejeros de Sanidad, no solamente en Madrid. Y tras el paso de Sánchez Martos, la cuestión ya no parece ser si la Sanidad debe ser dirigida por un profesional sanitario o no. Esta es una política cada vez más cortoplacista, también en la Sanidad, donde los responsables parecen comprimir los tiempos para acumular cuantos más anuncios mejor, independientemente de lo que precise el sistema, que permanece. Sería deseable poder contemplar en el futuro a Sánchez Martos, y a otros tantos que como él se han asomado a la responsabilidad que implica poder decidir, en la esfera de esta alta misión, para intentar, desde otro ámbito, ejecutivo o legislativo, contribuir a conformar esa Sanidad en la que, durante un tiempo, influyó poderosamente. Pero solo con incursiones, que culminan carreras profesionales pero que no duran lo suficiente como para aportar todo el conocimiento y la experiencia, parece imposible transformar, y apenas mejorar, lo que a todos, transcurridos los relevos y las despedidas, nos seguirá preocupando.

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