MADRID SE RINDE A LA GESTIÓN DIRECTA

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González y Fernández Lasquetty: el precio de la nueva gestión. Foto: Madridiario.

En una decisión sin precedentes y de exclusiva orientación política, la Comunidad de Madrid ha decidido extinguir las empresas públicas que gestionaban los hospitales Sur, Norte, Sureste, Henares, Tajo y Vallecas e integrar sus recursos en el Servicio Madrileño de Salud (Sermas), para ser gestionados con el modelo directo o tradicional, como la mayoría de centros.

Es una rendición en toda regla de la Comunidad de Madrid, que había intentado, sin éxito y con un planteamiento muy deficiente, explorar las posibilidades que ofrecen las nuevas fórmulas de gestión para mejorar el sistema sanitario público. Una rendición ante los radicales defensores de la gestión directa, de la sanidad pública cueste lo que cueste, de un modelo de gestión con muchos años a cuestas que, pese a sus logros, lleva tiempo dando evidentes síntomas de agotamiento. Pero no parece haber argumentos suficientes como para intentar gestionar una parte (muy pequeña) de la sanidad de otra manera.

Y no los hay porque el coste político de ensayar nuevas fórmulas de gestión parece inaceptable. Ahí están los ejemplos de Ignacio González y Javier Fernández-Lasquetty, presidente y consejero de Sanidad de una comunidad autónoma que, asustados por el posible colapso económico del sistema madrileño, decidieron explorar, con precipitación y sin cuidado por las formas, una manera de hacer frente a la crisis, intentando llevar esas empresas públicas ahora extinguidas al ámbito de la colaboración público-privada. Hoy, por diferentes circunstancias, están expulsados de la vida política.

La sociedad madrileña, profesionales incluidos, se posicionó en contra porque los cambios siempre estremecen y, si no se explican bien, siembran la duda y, lo que es peor, la sospecha. Así se perdió otra buena oportunidad para ensayar y comprobar los puntos fuertes (y también los débiles) de la colaboración público-privada. Y no sólo nos hemos quedado sin esta fuente de conocimiento, sino que las empresas públicas creadas para gestionar esos hospitales, ya extinguidas, también han terminado pagando el precio de una reforma que seguirá esperando su turno. La presidenta Cristina Cifuentes parece haber cortado por lo sano y no dar una sola opción de desgaste y confrontación a los sacerdotes de la sanidad pública. Aun a riesgo de cercenar por completo el necesario debate sobre cómo deben gestionarse los hospitales.

La rendición se explica en un par de líneas del Boletín Oficial que publicó la ley, un cajón de sastre de otras medidas administrativas y fiscales impulsadas por la Comunidad de Madrid, que no entendió que un cambio de esta naturaleza mereciera una iniciativa legislativa de mayor rango. “En el marco de la política autonómica de simplificación de estructuras administrativas y cumplimiento de los principios de austeridad, sostenibilidad y racionalización del gasto público”. Eso es todo. Así de sencillo es justificar que los hospitales se gestionen igual que se ha hecho toda la vida.

Como si las empresas públicas fueran contra la austeridad y la sostenibilidad del sistema. Como si su mera existencia supusiera una mayor complejidad de la sanidad madrileña. Como si los políticos no entendieran otra realidad que la gestión directa. Por decir, que no han dicho apenas nada, podrían haber dicho que lo que les hubiera venido en gana

Llama también la atención el silencio de los gestores. No se han oído muchas voces que defiendan la existencia de nuevas fórmulas de gestión, que permitan analizar y comparar resultados con el modelo clásico, en busca de nuevas evidencias de mejora. Y es que nadie quiere señalarse contra los estados de opinión, sobre todo, cuando no hay manera de, ya no defender, sino siquiera plantear alguna alternativa

La gran crisis no ha sido la gran oportunidad para mejorar la gestión sanitaria en Madrid. Al contrario, el statu quo, el modelo heredado de los viejos hospitales de la Seguridad Social se aplica también a partir de ahora a estos pequeños y versátiles centros que estaban llamados a ser la vanguardia de un nuevo modelo sanitario madrileño, más adaptado a las necesidades de un sistema que ya no pertenece al siglo XX.

 

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