INGENIERO HOSPITALARIO A MUCHA HONRA

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Luis Mosquera y la ingeniería hospitalaria: profesión diferente por dentro y por fuera. (Revista Médica)

En el final de la presidencia de Luis Mosquera al frente de la Asociación Española de Ingeniería Hospitalaria (AEIH), puede que su mayor legado haya sido habernos sabido explicar a muchos, entre los que me incluyo, qué rayos es un ingeniero hospitalario. Antes de esta enseñanza, nada superflua y finalmente reconocida más allá del sector sanitario -ahí está la Cruz de la Orden del 2 de mayo concedida por la Comunidad de Madrid por sus aportaciones necesarias en la construcción del Hospital Isabel Zendal-, un ingeniero era en verdad un bicho raro en el consabido panorama profesional de la Sanidad. Y ciertamente, la imagen de Mosquera mantuvo alto el listón de la exclusividad, puesto que para dar a conocer su profesión no renunció a la excelencia, ni a la cualificación ni, por supuesto, al profundo conocimiento oculto en la disciplina.

Acudiendo a los Estatutos de la hace no tanto semidesconocida AEIH, aprendimos que la Ingeniería Hospitalaria agrupaba a todos aquellos profesionales que desempeñan funciones técnicas o de gestión en organizaciones hospitalarias, tales como el diseño, el mantenimiento o la ejecución de labores relacionadas con la arquitectura de los centros y los servicios y equipamientos médicos. Al lado del protagonismo de los médicos o del ímpetu de las enfermeras, los ingenieros eran poco menos que una nota a pie de página en el relato del Sistema Nacional de Salud. Pero su papel era y es esencial, y Luis Mosquera se propuso reivindicarlo y hacerlo visible: con estilo, audacia y, a la postre, efectividad: qué menos se podía esperar de un ingeniero, que no es en absoluto un profesional normal y corriente, y sí un observador privilegiado de toda la maquinaria y el engranaje complejísimos que permiten el funcionamiento constante de un hospital.

Con profundo respeto al pasado y a la esencia de la profesión, Luis Mosquera ha intentado dinamizar los fines habituales en una asociación como la AEIH -congresos, seminarios, intercambio de conocimiento-, con especial énfasis en las relaciones humanas. Y gracias a su peculiaridad como presidente, cercano pero académico, con un punto de agradable pedantería en sus alocuciones, se convirtió en uno de los grandes artífices de que ser hoy ingeniero hospitalario signifique reconocerse en un grupo profesional diferente, quizá minoritario en comparación con otros colectivos sanitarios, pero con una gran ascendencia sobre ámbitos clave de decisión.

Quizá la ingeniería hospitalaria necesitaba un acicate, un empujón final para ser definitivamente reconocida y alabada. Y lo ha conseguido con la aparición del COVID-19 y la consiguiente pandemia que seguimos sufriendo. Su contribución en la necesaria elasticidad de las infraestructuras, en el aseguramiento de los suministros, en la creación de nuevos dispositivos y en la reorganización de los procesos ha sido clave para enfrentar la enfermedad con mayores garantías de éxito y, sobre todo, con posibilidades operativas de librar una batalla que, sobre todo al principio, resultó de una terrible incertidumbre.

En la altísima exposición mediática a la que la Sanidad lleva sometida desde hace más de un año, la Ingeniería Hospitalaria también está recibiendo su cuota de atención. Y esto es gracias a la AEIH, que ha sabido tener en perfecto y presentable estado de revista a la profesión. Y también gracias a un líder profesional como Luis Mosquera, cuya presidencia no hubiera sido posible sin el apoyo y la colaboración constante de Javier Guijarro, secretario general de la Asociación, un claro ejemplo del valor incalculable de un alter ego, que sepa, decida e incluso llegue a donde tú no puedas, sin que ello reste un solo ápice de lealtad a la relación. Tal ha sido el papel de Guijarro en la presidencia de Mosquera que los dos únicos nombres propios que aparecen en su carta de despedida son el del expresidente Dámaso Dances y el suyo. Por algo será.

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