DIEZ AÑOS PARA UNA REFORMA

Ernest Lluch, ministro de Sanidad en el primer Gobierno socialista, de 1982 a 1986. (La Vanguardia)

Cuando Ernest Lluch deja el Ministerio de Sanidad, en julio de 1986, se convierte en el ministro más longevo en el cargo de la muy joven democracia. Supera con mucho el tiempo de gracia concedido a sus no pocos antecesores (Sánchez de León, Juan Rovira, Alberto Oliart, Jesús Sancho Rof y Manuel Núñez) y completa toda una legislatura, con el logro inmediato de la aprobación de toda una Ley General de Sanidad. Sin embargo, Lluch se marcha con cierta melancolía, sabiendo que su gran objetivo, reformar el sistema sanitario español, está lejos de cumplirse.

Incluso tiene hecho el cálculo de lo que se tardaría en llevar a cabo la reforma, muy en la línea de su rigor de catedrático. De ocho a diez años, se le había escuchado en algunas ocasiones. Demasiado tiempo para la política, incluso para aquella de entonces, cómodamente instalada en mayorías absolutas de más de 200 diputados. En su despedida, según cuenta Felipe Jiménez en ABC, se congratula con todo de su insuficiente longevidad en el Ejecutivo y hace extensible el mal a toda Europa: “Los ministros de Sanidad tienen un promedio de permanencia en el cargo de un año y dos meses, lo que quiere decir que es un sector que tiene fuertes tensiones internas”.

Lluch lo había aprendido en carne propia: lo de las tensiones de un sector al que no pertenecía. Especialmente con el entonces presidente de la Organización Médica Colegial, Ramiro Rivera, con el que chocó públicamente en ámbitos controvertidos como el de las especialidades médicas, la relación con la Enfermería o las relaciones laborales en los hospitales.

Pese a las críticas, supo defender su legado, aunque fuera incompleto. Sabía que quedaban muchas cosas por hacer, que el Sistema Nacional de Salud acababa de nacer y que una legislatura no era suficiente para conformarlo por entero. Por entonces, solo un 30 por ciento de la población accedía a la atención primaria; es decir, un 70 por ciento de los españoles no sabía por dónde entrar al sistema sanitario y, seguramente por esa misma razón, ni accedía. Pero la mejora con Lluch había sido evidente, porque en 1982, los centros de salud prácticamente ni existían…

Otra legislatura entera tampoco fue suficiente para reformar la sanidad. Ni otras dos. El sucesor de Lluch, Julián García Vargas, hoy reconocido en casi todos los ámbitos, tampoco pudo culminar una tarea que sigue siendo titánica y que se encuentra en la esencia misma de la acción política. Y es que las reformas, más que ninguna otra promesa o propósito político-administrativo, no parecen entender de plazos de ejecución. Especialmente en la sanidad.

 

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