EBA: la única esperanza de la nueva gestión

EBA
Albert Ledesma, padre del también conocido como modelo VIC

Anda la nueva gestión de capa caída, como si todos los modelos previstos en la mítica Ley 15/1997 hubiesen sido probados y bien probados y, lo que es más importante, evaluados y comparados. Ningún político quiere oír hablar de fundaciones, consorcios o empresas públicas para gestionar los hospitales. No digamos ya de la colaboración público-privada, convertida directamente en un anatema. Estamos viviendo, aunque nadie lo diga bien alto, el triunfo inapelable de la gestión clásica, el mismo método con el que los tecnócratas de Franco empezaron a dirigir los viejos hospitales de la Seguridad Social. Inaudito.

Pero ni hay mal que cien años dure, ni hay regla que no tenga excepción. He aquí que la autogestión en atención primaria es una propuesta que resiste, con un generalizado reconocimiento en el Sistema Nacional de Salud (SNS). Otra vez aparece Cataluña como referente, con un modelo construido en torno a tres letras, las del primer centro de salud que se aventuró en el ensayo (Vic), y las que le dieron finalmente nombre oficial: EBA, entidades de base asociativa. Es decir, empresas de profesionales sanitarios integradas en el sistema público de salud para prestar atención primaria a la población de referencia.

Xavier Trias. Foto de Veinte Minutos.
Xavier Trias. Foto de 20 Minutos.

Las EBA cumplen ahora 20 años y sus resultados son buenos, aunque no están a salvo de las críticas, según ha detallado Joan Maria Aranalde, presidente de Aceba, la asociación que reúne a estas entidades, en Diario Médico. Con todo, las certezas de hoy son tan evidentes que hacen casi desaparecer las inquietudes del principio, que se concentraban básicamente en lo que por entonces parecía toda una temeridad: la autonomía de gestión con implicaciones jurídicas y económicas.

En efecto, las EBA se sustentan en la asunción de responsabilidad por parte de unos profesionales que no se limitan a ver enfermos y prescribir medicamentos, sino que asumen e interiorizan conceptos como transparencia, socio, profesionalismo o eficacia, en un entorno marcado por el equilibrio. Nada que ver con los tradicionales y casi inamovibles regímenes laborales que llevan gobernando con mano hierro las relaciones de los profesionales sanitarios con los servicios públicos de salud casi desde la misma constitución del SNS.

Xavier Pomès, exconseller de Salut de Cataluña.
Xavier Pomès, exconseller de Salut de Cataluña.

Hay 13 entidades operativas que cubren la atención primaria de 250.000 catalanes, a plena satisfacción de los usuarios y con resultados notables en gasto farmacéutico, derivaciones a urgencias y hospitalizaciones evitables. Sin embargo, estos argumentos no parecen ser suficientes para los críticos, que atizan el modelo por el reparto de dividendos entre los socios de las EBA y prácticamente lo demonizan como otro ejemplo más de la innombrable colaboración público-privada.

Y las EBA parecen dispuestas a hacer todo lo posible por mejorar, autoimponiéndose un código de buen gobierno, reduciendo trabas burocráticas, implicando al profesional, gestionando con más rigor y generando más ahorros al sistema público.

Todo esto no sirve, sin embargo, para pensar en la extensión del modelo no sólo en Cataluña, sino también en el resto del SNS. Y es que, como muchas otras experiencias organizativas de servicios, la autogestión primaria necesita un condimento esencial para crecer: voluntad política. Solo la hubo al principio, con el conseller Xavier Trias, y después con Xavier Pomès, pero durante muy poco tiempo. Al menos, consuela comprobar que esa ausencia de impulso administrativo, ni por parte del Govern tripartito ni ahora por Junts pel Sí, no ha acarreado inevitablemente el desmantelamiento del modelo, como si está ocurriendo, por ejemplo, con las empresas públicas de gestionan los seis hospitales de la discordia en la Comunidad de Madrid.

Las EBA permanecen y amanecen, lo cual no es poco, en un momento del sector en el que cualquier atisbo de nueva gestión es visto casi como una provocación. Siempre habrá voces que vean en la autogestión de la primaria catalana un intento por contratar menos personal, hacer menos pruebas complementarias, ligar criterios económicos a los clínicos y, en definitiva, hacer del primer nivel asistencial otro campo de pruebas para generar beneficio a costa de la salud de los ciudadanos.

Pero parece más sensato pensar que las EBA son en realidad la gran esperanza para que la nueva gestión no se termine apagando del todo y que podamos volver a ver ejemplos en un futuro no muy lejano. No para reproducirlos e implantarlos indiscriminadamente por todas partes, sino para probarlos, apoyarlos, comprobarlos, contrastarlos, evaluarlos y, finalmente, extenderlos o no, según las circunstancias. Seguramente esta era la voluntad del legislador allá por 1997, con una ley apoyada por PP y PSOE, hoy del todo impensable: iniciar un camino prudente para buscar fórmulas de gestión que mejoraran lo existente, respetando su alcance y modulando su hipotética, y siempre progresiva, sustitución.

Hoy ya casi nadie habla de nueva gestión. Quizá porque casi ni hay… Pero aún nos quedan las EBA.

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